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PODRÍA SUCEDER... ¿POR QUÉ NO?

La vi de pronto, su mirada se perdía en el horizonte, su pelo se mecía al capricho del viento, la brisa marina impregnaba su cuerpo, el cual brillaba al hacer contacto  con los últimos rayos del sol que despedían aquel hermoso día de verano.

Las olas similares a voluptuosos velos de gasa depositaban con delicadeza la espuma –blanca como la nieve- a sus pies, estaba tan ausente, sumida en sus pensamientos y al observarla una pregunta cruzó por mi mente... ¿Qué misterio, que recuerdo habrá en el alma de esa mujer que trasluce tanta nostalgia?, y yo, que por naturaleza soy fantasiosa, dejé que mi mente volara e imaginé la siguiente historia:

-Ella pertenecía a una cultura muy avanzada, era una ciudad submarina cuyos vestigios indicaban que en tiempos remotos la arquitectura, escultura y orfebrería habían sido sus exponentes máximos. Vivía feliz, ahí había lo que cualquiera pudiera desear, tenía infinidad de amigos, entre ellos se encontraban las sirenas, los hipocampos, los grandes cetáceos que la protegían y los minúsculos pececitos de colores que siempre nadaban a su lado y le regalaban perlas y corales que ella lucía en su cuello y las algas se trenzaban formando diademas que adornaban su larga cabellera.

Algunas veces le gustaba estar sola, uno de sus refugios preferidos era su habitación que semejaba a una concha gigante, cuyas paredes eran de nácar tornasol, cuidaba con esmero todas sus pertenencias, pues eran parte del mundo marino que ella amaba profundamente. Algunos de los objetos que más apreciaba eran: Un peine de malaquita, que a la vez que desenredaba su pelo, lo perfumaba; un rabel (instrumento parecido al laúd) que al armonizarlo dejaba escapar una música muy bella que recorría todo el océano, produciendo entretenimiento y alegría a quienes  cerrando sus ojos se dejaban llevar por la dulzura de sus notas, pero había algo que conservaba con especial cariño: un hermosísimo rubí, era un  regalo que su madre le dio cuando llegó a la mayoría de edad, tenía un poder  mágico que consistía en que cuando el amor estuviera cerca, el rubí brillaría intensificando su color, sería la señal  de que su amado estaba por llegar.

Ella soñaba con ese momento, con entregar su corazón y así pasaba el tiempo y cada día observaba con ilusión su preciada joya.

Una noche,  mientras tocaba una melodía, vio allá arriba un resplandor y cautelosamente fue nadando hacia la superficie, con temor, pero a la vez hipnotizada por esa intensa luz que la bañaba a medida que ascendía, su corazón dio un vuelco al ver aquel inmenso disco de plata que iluminaba toda la superficie del mar, era un espectáculo que la maravilló y sacando su rubí que guardaba en una bolsita tejida con hebras de oro, vio que brillaba más que nunca, entonces supo, tuvo la certeza que su amor se encontraba cerca, tal vez viviendo en el interior de aquel disco plateado.

Desde entonces no tuvo paz, su alma se angustiaba, se desesperaba y reclamaba la presencia de aquel ser, que aún sin conocerlo le era tremendamente familiar y presentía que él, en alguna parte la esperaba y la buscaba con la  misma ansiedad que ella experimentaba. Entonces tomó una decisión, la más difícil de su vida, lo buscaría, no importaba el tiempo, ni la distancia, ni la fatiga, ni el precio a pagar, ella lo encontraría y una noche de octubre, de un año perdido en el tiempo, se despidió de su familia, amigos de su amado mundo y salió en pos del amor, y aún lo busca y camina, camina a la orilla del mar sin descanso, porque hay algo que mantiene viva su esperanza, que le dice que él la espera, es el brillo de un rubí, que cada noche se enciende con los rayos de  la luna. -

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Sonreí al imaginarme la cara de asombro que pondría esa mujer si yo le contara la descabellada historia que se me había ocurrido al observarla sumida en sus pensamientos, di media vuelta  y me metí a mi bungaló.

Era de medianoche cuando escuché ruidos extraños, salí y miré a la playa, enmudecí de asombro cuando vi a dos majestuosos Pegasos que trasladaban a través de un rayo de luna a un apuesto caballero y a una bellísima mujer que llevaba entre sus manos una bolsita que brillaba con la luz más intensa que yo había visto jamás.

CONNILÚ

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